La Condesa de Charny

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Este último, por su parte, esperaba que Pétion acercase el índice a su ojo, señal convenida por la que el alcalde de París debía indicar que, mediante los doscientos mil francos, el rey podía contar con él.

Pétion se rascaba la oreja, pero sin pensar siquiera en acercar el dedo a su ojo.

El rey había sido engañado; un bribón se embolsó sin duda los doscientos mil francos.

La reina entró precisamente en el momento en que el rey no sabía ya que preguntar a Pétion, y cuando este esperaba una nueva pregunta.

—Y bien —preguntó la reina—, ¿es nuestro amigo?

—No —contestó el rey—, no ha hecho ninguna señal.

—Pues que sea nuestro prisionero —dijo la reina.

—¿Puedo retirarme? —preguntó el alcalde al rey.

—¡Por Dios, no le dejéis salir! —exclamó María Antonieta.

—No, caballero; dentro de un instante quedaréis libre, pues aún necesito hablaros —añadió el rey alzando la voz—. Entrad en ese gabinete.

Esto era como decir a los que estaban en aquel aposento: «Os confío a Pétion; vigiladle y no le dejéis salir».


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