La Condesa de Charny

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Los que se hallaban en el gabinete comprendieron muy bien y cercaron a Pétion, que se consideró prisionero.

Por fortuna, Mandat no estaba allí: se resistía a obedecer una orden para que fuese al Ayuntamiento.

Los fuegos se cruzaban: llamábase a Mandat en la municipalidad como se llamaba a Pétion en las Tullerías.

A Mandat le repugnaba mucho obedecer y no se decidió al pronto.

En cuanto a Pétion, hallábase en un pequeño gabinete donde había treinta personas, y que apenas podía contener cuatro con desahogo.

—Señores —dijo al cabo de un instante—, es imposible permanecer aquí más tiempo, porque nos ahogamos.

Así lo pensaban todos, y por eso nadie se opuso a la salida de Pétion; pero todo el mundo le siguió sus pasos.

Por otra parte, nadie se atrevió tal vez a retenerle abiertamente.

Tomó la primera escalera que vio, que le condujo a una habitación del piso bajo que daba al jardín.

Por un momento temió que la puerta de aquel estuviese cerrada; pero hallábase abierta.

El alcalde se encontró en una prisión más grande y mejor ventilada; pero sin salida como la primera.


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