La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Sin embargo, esto era mejorar.
Le habÃa seguido un hombre que, apenas llegado al jardÃn, le dio su brazo: era Roederer, el procurador sÃndico del departamento.
Los dos comenzaron a pasearse por el terrado que costeaba el palacio; iluminábale en aquel momento una lÃnea de lamparillas, y varios guardias nacionales apagaron las que estaban más próximas a Pétion y al sÃndico.
¿Qué se intentaba? El alcalde no creyó riada de bueno.
—Caballero —dijo a un oficial suizo que le seguÃa, y que se llamaba Salis-Lizers—, ¿se trama algo contra mÃ?
—Estad tranquilo, señor Pétion —contestó el oficial con un acento alemán muy pronunciado—: El rey me encargó que velara sobre vos, y os aseguro que si alguno os matara, morirÃa un instante después a mis manos.
En una circunstancia análoga, Triboulet habÃa contestado a Francisco I: «¿Os serÃa igual que fuese un momento antes, señor?».
Pétion no contestó nada y dirigióse al temido dé los Fuldenses, muy bien iluminado por la luna. No estaba, como hoy, cercado por una verja, sino por una pared de ocho pies de altura, con tres puertas, dos pequeñas y una grande.