La Condesa de Charny

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No solamente estaban cerradas, sino atrancadas, y custodiaban las demás los granaderos de la Buttedes-Moulins y de las Hijas de Santo Tomás, conocidos por su realismo.

Por lo tanto, nada se podía esperar de ellos. Pétion se inclinaba de vez en cuando, cogía una piedra y arrojábala al otro lado de la pared.

Mientras que Pétion se ocupaba en esto, fueron a decirle dos veces que el rey deseaba hablarle.

—Vamos —dijo Roederer—, ¿no obedecéis?

—No —contestó Pétion—, hace demasiado calor allí arriba; me acuerdo del gabinete, al que no tengo el menor deseo de volver, y además he dado cita a una persona en el terrado de los Fuldenses.

Y siguió cogiendo piedras y arrojándolas al otro lado de la pared.

—¿A quién habéis dado cita? —preguntó Roederer.

En aquel momento la puerta de la Asamblea que daba al terrado se abrió.

—Creo —dijo Pétion— que eso es precisamente lo que espero.

—¡Orden de permitir el paso al señor Pétion! —dijo una voz—, la Asamblea le necesita para que dé cuenta del estado de París.

—¡Precisamente! —dijo Pétion en voz baja.

Y añadió en voz alta:


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