La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La prisión de este joven ocasionó la reunión de muchas personas en el patio de los Fuldenses; en medio de esta multitud se oyeron algunas voces (no faltan jamás en las emociones populares) pidiendo la cabeza de los presos.
Un comisario de la municipalidad que se hallaba allí, comprendiendo que no era prudente el dejar que esos clamores tomasen crecimiento, se subió encima de una silla y arengó al pueblo, aconsejándole que se retirase.
Pero en el momento en que la multitud iba tal vez a ceder a la influencia de estas humanitarias palabras, se vio volver al hombre que fue comisionado para cerciorarse de la realidad de las firmas, diciendo que estas eran, efectivamente, legítimas, y que se podía poner en libertad a Suleau, que era el portador de la orden en cuestión.
Este Suleau era la misma persona que hemos visto una noche en casa de madame de Lamballe, en donde Gilberto hizo para el rey un dibujo de la guillotina, y en donde María Antonieta reconoció esa singular máquina desconocida que Cagliostro la hizo ver en una redoma en el palacio de Taverney.
Al oír el nombre de Suleau, una mujer que estaba en medio de la muchedumbre, levantó la cabeza y exhaló un grito de rabia.