La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los caballeros, mal organizados, sin tener más que armas de corto alcance, espadas o pistolas, y sabiendo que esta vez se trataba de un combate a muerte, vieron acercarse con embriaguez febril el momento en que se iban a encontrar en contacto con el pueblo, aquel antiguo adversario, aquel eterno atleta y luchador siempre dominado, que sin embargo iba siendo más temible desde hacÃa ocho siglos.
Mientras que los sitiados, o los que iban a serlo, adoptaban estás disposiciones, llamaban a la puerta del patio real y se oyeron varias voces que gritaban: «¡Parlamentario!», en tanto que se hacÃa flotar sobre la pared un pañuelo blanco sujeto en la punta de una pica.
Se fue a buscar a Roederer, a quien se encontró a medio camino.
—Llaman a la puerta real, caballero —le dijeron.
—He oÃdo los golpes y ya voy.
—¿Qué se ha de hacer?
—Abrir.
La orden fue transmitida al conserje, que abrió la puerta, huyendo después a todo correr.
Roederer se vio frente a la vanguardia de los hombres armados de picas.