La Condesa de Charny

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Y fue a llevar a sus compañeros esta orden, que era su sentencia de muerte.

—En efecto; como lo había dicho el capitán Durler, la vanguardia de los insurrectos comenzaba a dejarse ver.

Eran aquellos mil hombres armados de picas, a la cabeza de los cuales iban una veintena de marselleses y doce o catorce guardias franceses, en cuyas filas brillaban las charreteras de oro de un capitán joven. Era Pitou, quien, recomendado por Billot, estaba encargado de una importante misión que ahora le veremos cumplir.

Detrás de aquella vanguardia venían, a la distancia de medio cuarto de legua, poco más o menos, un cuerpo considerable de guardias nacionales y federados, precedidos de una batería de doce cañones.

Cuando la orden del mayor general les fue comunicada, los suizos se alinearon silenciosa y resueltamente en sus puestos, guardando todos ese sombrío silencio del valor.

Los guardias nacionales, menos severamente disciplinados, adoptaron sus disposiciones con más ruido y desorden, pero no con menos resolución.


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