La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los fugitivos se diseminaron por el Carrousel, desbordándose por un lado en los muelles y por el otro en la calle de San Honorato, a los gritos de: «¡Nos asesinan, nos asesinan!».
En el puente Nuevo encontraron el grueso del ejército al mando de dos hombres, seguidos de otro que iba a pie, y que, a pesar de esto, parecÃa tener parte en el mando.
—¡Ah! —gritaron los fugitivos reconociendo en uno de aquellos dos jinetes al cervecero del arrabal de San Antonio, notable por su colosal estatura, y a quien servÃa de pedestal un enorme caballo blanco—, ¡ah, señor Santerre, a nosotros! ¡Se asesina a nuestros hermanos!
—¿Quién? —preguntó Santerre.
—¡Los suizos! ¡Han hecho fuego contra nosotros a boca de jarro!
Santerre se volvió hacia el segundo jinete:
—¿Qué pensáis de eso, caballero? —preguntó.
—A fe mÃa —contestó con acento alemán muy pronunciado el segundo jinete, que era un hombrecillo rubio con la cabeza rapada, pienso que un proverbio militar dice: «El soldado debe ir a donde se oye ruido de fusilerÃa o de cañón». Vamos allà donde resuena.