La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pero —dijo el hombre que iba a pie a uno de los fugitivos—, vosotros ibais con un joven oficial, y no le veo…

—Ha caído el primero, ciudadano representante, y es una desgracia, porque era un intrépido joven.

—¡Sí, un intrépido joven —contestó aquel a quien se había dado el título de representante, palideciendo ligeramente—, sí que era un intrépido, y por lo mismo se le vengará valerosamente!

—¡Adelante, señor Santerre!

—Creo, amigo Billot —contestó aquel—, que en tan grave asunto es preciso llamar en nuestro auxilio, no solamente el valor, sino también la experiencia.

—¡Sea!

—Por lo tanto, propongo que se confíe el mando en jefe al ciudadano Westermann, que es un verdadero general y amigo del ciudadano Danton; yo le obedeceré como si fuese simple soldado.

—Todo cuanto queráis —contestó Billot—, con tal que marchemos sin perder un instante.

—¿Aceptáis el mando, ciudadano Westermann? —preguntó Santerre.

—Acepto —contestó lacónicamente el prusiano.

—En tal caso, dad vuestras órdenes.

—¡Adelante! —gritó Westermann.

Y la inmensa columna detenida un momento, continuó su marcha.


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