La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Bien sé que es mucha osadía en mí tomar la palabra, siendo persona de ninguna importancia; pero acaso mi lealtad me inspira. Si se pidiese a la Asamblea que enviase una diputación para velar por la seguridad de Sus Majestades…

—Consiento en eso —dijo la reina—. Si aprobáis esta proposición, señor de Charny, hacedme el favor de transmitirla al rey.

Charny se inclinó y salió.

—Sigue al conde, Weber, e infórmame de lo que Su Majestad contesta.

La presencia de Charny, frío, grave, decidido, era un reproche tan terrible, si no para la reina, para la mujer al menos, que María Antonieta no podía ver al conde sin estremecerse.

Además, acaso tenía algún presentimiento de lo que iba a suceder.

Weber entró.

—Su Majestad acepta, señora —dijo—, y los señores Champion y Dejoly van en este instante a la Asamblea para hacer la petición.

—Mirad, mirad —dijo la reina.

—¿Qué, señora? —preguntó Roederer.

—¿Qué hacen esos hombres?

Los sitiadores estaban ocupados en la pesca de los suizos.


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