La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Roederer miró; pero antes de que tuviera tiempo de formar una idea de lo que sucedía, sonó un pistoletazo, al cual siguió la terrible descarga.
El palacio tembló conmovido hasta en sus cimientos.
La reina lanzó un grito y retrocedió; pero arrastrada por la curiosidad, volvió a la ventana.
—¡Oh, mirad, mirad! —exclamó, lanzando por los ojos llamaradas de júbilo—, ¡huyen, están derrotados! ¿Decíais, señor Roederer, que no teníamos otro recurso que la Asamblea?
—¿Quiere Vuestra Majestad concederme la gracia de seguirme?
—¡Mirad, mirad! —continuó la reina, los suizos hacen unas salidas y los persiguen. ¡Oh!, ¡el Carrousel queda despejado! ¡Victoria, victoria!
—Por piedad, señora, ¿quiere Vuestra Majestad seguirme?
La reina volvió en sí y siguió al síndico.
—¿Dónde está el rey? —preguntó Roederer al primer ayuda de cámara que encontró.
—Su Majestad está en la galería del Louvre —contestó este.
—Allí es donde yo quería conducir a Vuestra Majestad —añadió Roederer.
La reina lo siguió sin sospechar la intención de su guía.