La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La galerÃa estaba obstruida en la mitad de su largo y cortada en un tercio de su anchura; doscientos o trescientos hombres la defendÃan y podÃan entrar en el Louvre por una especie de puente volante que, empujado con el pie por el último que lo pasase, caÃa desde el piso principal al bajo.
El rey estaba asomado a una de las ventanas con el señor de La Chesnaye, el señor Maillardoz y cinco o seis gentilhombres.
TenÃa en la mano un anteojo.
La reina se acercó al balcón y no hubo menester del aparato óptico para ver lo que pasaba.
El ejército de los insurrectos se acercaba; era numeroso, compacto, cubrÃa toda la extensión de los malecones y se perdÃa de vista en lontananza.
El puente Nuevo era el punto en que se tocaban el arrabal de San Antonio y el de San Marcial.
Todas las campanas de ParÃs tocaban incesantemente a rebato, y la grande de Nuestra Señora dominaba con su ronco tañido todas las vibraciones de metal.
Un sol ardiente reflejaba mil chispas sobre los fusiles y los hierros de las lanzas.
Y a lo lejos, semejante al lejano bramido de una tormenta, oÃase el rodar de los cañones.
—¿Qué le parece a Vuestra Majestad, señora? —preguntó Roederer.