La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Entró, pues, uno de los primeros en el patio del centro, donde era tal el olor de sangre, que se habría creído hallarse en un matadero; exhalaba de aquel montón de cadáveres, bien visible y en cierto modo, como una especie de vapor.

Aquel espectáculo, aquel olor, exasperaron a los sitiadores, los cuales se precipitaron hacia el palacio.

Por lo demás, aunque hubiesen querido retroceder, habría sido imposible, porque las masas que penetraban sin cesar por los postigos del Carrousel, mucho más estrechos que hoy en aquella época, les impelían hacia adelante.

Pero apresurémonos a decir que, aunque la fachada parecía un castillo de fuegos artificiales, nadie tuvo la idea de retroceder un paso.

Y, no obstante, una vez en aquel patio del centro, los insurrectos, como aquellos cuya sangre pisaban en aquel instante, hallábanse cogidos entre dos fuegos, el del vestíbulo del reloj y el de la doble línea de barracas.

Era preciso apagar desde luego este último.

Los marselleses se precipitaron contra ellas como perros de presa; pero no pudiendo demolerlas con sus manos, pidieron palanquetas y azadas.

Billot quiso que le dieran cartuchos de cañón.

Westermann comprendió el plan de su teniente y mandó que se le diera lo que pedía.


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