La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A pesar de la impresión tan desagradable que sentía, sofocado por el peso de los muertos y bañado por su sangre, resolvió no dar señales de vida y esperar un momento favorable.
Le esperó más de una hora, cuyos minutos le parecieron muy largos.
Al fin juzgó la ocasión propicia al oír los gritos de victoria de sus compañeros, y entre ellos las voces de Billot que le llamaban.
Entonces, así como Encelado sepultado bajo el monte Etna, había sacudido la capa de cadáveres que le cubría, consiguiendo ponerse en pie, y al ver a Billot en primera fila, corrió para abrazarle, sin mirar por dónde le cogía.
Una descarga de los suizos, que derribó en tierra a una docena de hombres, recordó a Billot y a Pitou la gravedad de la situación.
Novecientas toesas del edificio ardían a derecha e izquierda del patio central.
La atmósfera era pesada, apenas circulaba el aire, y el fuego del incendio y de la fusilería pesaba sobre los combatientes como una cúpula de plomo, llenando el vestíbulo del palacio; todas las ventanas ardían, y no se podía distinguir de dónde venía la muerte ni a dónde se enviaba.