La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Danton necesitaba para el 10 de agosto un hombre que no pudiera retroceder, porque si lo hacía le esperaba el cadalso.
Danton tenía fija la mirada en el misterioso prisionero, y el día en que le necesitó, rompió cadenas y cerrojos con su mano poderosa, y le dijo: «¡Ven!».
La revolución consiste, no sólo, como ya he dicho, en poner arriba lo que está debajo, sino también en dar la libertad a los cautivos, dejando en la prisión a las personas libres, no sólo a estas, sino a los poderosos de la tierra, a los grandes, a los príncipes y a los reyes.
Sin duda en la seguridad de lo que iba a suceder, Danton pareció estar tan entorpecido durante los agitados días que precedieron a la sangrienta aurora del 10 de agosto.
En la víspera había sembrado el viento de la tormenta, y ya no debía inquietarse nada, porque estaba cierto de recoger la tempestad.
El viento fue Westermann, y la tempestad Santerre, aquella gigantesca personificación del pueblo.
Santerre no se dejó ver apenas aquel día; Westermann lo hizo todo y estuvo en todas partes.