La Condesa de Charny
La Condesa de Charny ¿Qué le preocupaba al pintarle de antemano, como en los últimos días de su fuga, cual simple jinete dispuesto a entrar de nuevo en campaña contra las cabezas redondas?
¿En qué pensaba el artista al pintarle así, retirado a la orilla del mar tempestuoso del Norte, con su caballo al lado, tan dispuesto para el ataque como para emprender la fuga?
Y si se volviese el cuadro en que Van Dyck pintó aquella imagen de profunda tristeza, ¿no se encontraría en el reverso del lienzo algún bosquejo del cadalso de White-Hall?
Era preciso que aquella voz del lienzo hablase muy alto para que la oyese Luis XVI; a pesar de su naturaleza esencialmente material, parecíale ver pasar una nube, que comunicaba su sombrío reflejo a los verdes prados y a las doradas mieses, y que había oscurecido su frente.
Tres veces interrumpió su paseo para detenerse delante de aquel retrato, y otras tantas, dejando escapar un suspiro, continuó dando vueltas, deteniéndose siempre, como conducido por la fatalidad, delante de aquel retrato.
Gilberto comprendió al fin que hay circunstancias en que un espectador es menos indiscreto anunciando su presencia que no manteniéndose mudo.