La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Este último se paseaba de un lado a otro tan preocupado, que no fijó su atención en la entrada del doctor, ni oyó tampoco el anuncio que le precedía.

Gilberto se detuvo en la puerta, inmóvil y silencioso, esperando a que el Rey observase su presencia y le dirigiese la palabra.

El objeto que preocupaba al rey —fácil de ver, porque de vez en cuando se detenía delante de él—, era un gran retrato, de cuerpo entero, de Carlos I, pintado por Van Dyck, el mismo que hoy se halla en el palacio del Louvre, y que un inglés propuso cubrirle completamente de monedas de oro, si se le cedía.

¿No es verdad que conocéis este retrato, si no por el lienzo, cuando menos por el grabado?

Carlos I está de pie, bajo algunos de estos árboles raquíticos y raros, como los que crecen en las playas; un paje, su caballo, cubierto del caparazón, y el mar forma el horizonte…

La cabeza del Rey está impregnada de melancolía. ¿En qué piensa aquel Estuardo, que tuvo por predecesor a la hermosa y desgraciada María, y que tendrá por sucesor a Jacobo II?

O, más bien, ¿qué pensaba el pintor, aquel hombre de genio, que tenía el suficiente para comunicar a la fisonomía del rey lo superfluo de su pensamiento?


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