La Condesa de Charny
La Condesa de Charny «ParÃs presentaba el aspecto de una plaza fuerte; habrÃase creÃdo estar en Lille o en Estrasburgo: por doquier consignas, centinelas, precauciones militares prematuras; el enemigo estaba aún a cincuenta o sesenta leguas. Lo más serio, lo más conmovedor, era el sentimiento de profunda unidad que se revelaba admirablemente por todas partes; cada cual se dirigÃa a todos, hablaba, pedÃa por la patria, se hacÃa reclutador, iba de casa en casa, ofrecÃa al que podÃa vestir el uniforme las armas que poseÃa; todos eran oradores, arengaban, discurrÃan, cantaban canciones patrióticas. ¿Quién no era autor en aquel momento? ¿Quién no imprimÃa? ¿Quién no anunciaba alguna cosa? ¿Quién no era actor en aquel grande espectáculo? Las escenas que se representaban eran las más sencillas, y todos tomaban parte en ellas; en las plazas, en los tablados levantados para los alistamientos, en las tribunas donde se hacÃan también inscribir, oÃanse cantos, gritos, veÃanse lágrimas de entusiasmo o de despedida; pero más que todas esas voces, resonaba en los corazones una voz muda, pero más profunda por eso mismo: la voz de Francia, elocuente en todos sus sÃmbolos, más que todos patética, la bandera santa y terrible del peligro de la patria colocada en las ventanas de la casa de la Ciudad: bandera inmensa que, agitada por el viento, parecÃa decir a las legiones populares que se diesen prisa a marchar, desde los Pirineos al Escalda, desde el Sena al Rhin.