La Condesa de Charny
La Condesa de Charny »Nos han referido que un día, en agosto o septiembre, sin duda, un grupo de esas mujeres enfurecidas encontró a Danton en la calle, le injuriaron, como habrían injuriado a la guerra misma, echándole en cara la revolución, toda la sangre que se derramaría y la muerte de sus hijos, maldiciéndolo y rogando a Dios que aquella sangre cayese sobre su cabeza. Danton no se asustó, y aunque sintió que las uñas de aquellas mujeres le amenazaban, se volvió bruscamente, las miró y tuvo lástima de ellas. Danton era hombre de alma: subió a un poste, y para consolarlas comenzó a dirigirles injurias en su lenguaje. A sus primeras palabras, que fueron violentas, burlescas, obscenas, las mujeres quedaron sobrecogidas, y la cólera de Danton, verdadera o fingida, desarmó la de ellas. El prodigioso orador, hombre de instinto y calculador, tenía un temperamento sensual y vigoroso, propio para el amor físico en que dominaba la carne y la sangre. Danton era hombre sobre todo; participaba de la naturaleza del león, del dogo, y no poco del toro; su rostro asustaba, y su sublime fealdad daba a su dicción brusca, incisiva en ocasiones, una especie de carácter salvaje. Las masas, a quienes gusta la fuerza, experimentaban en su presencia todo el temor y toda la simpatía que inspira un ser poderosamente creador; bajo aquel rostro violento, furioso, se entreveía también un corazón; por último, se concluía por sospechar que aquel hombre terrible, que sólo hablaba amenazando, ocultaba a un hombre honrado. Aquellas mujeres amotinadas en torno suyo, experimentaron algo de esto y se dejaron arengar, influir, dominar, y las llevó a donde y como quiso. Les explicó rudamente para qué sirve la mujer, para qué el amor, para qué la generación; que no se procrea para sí, sino para la patria. Llegado aquí se elevó, no habló a nadie, sino a sí mismo al parecer, y su corazón se exhaló de su pecho con palabras de violenta ternura por Francia, y en su extraña fisonomía marcada de viruelas, y que semejaba a la escoria del Vesubio o del Etna, comenzaron a distinguirse gruesas gotas: eran lágrimas. Las mujeres no pudieron resistir a este ataque; lloraron por Francia en vez de llorar por sus hijos, y sollozando se marcharon enjugando sus ojos con sus delantales».