La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Capitán, veréis bajar un hombre que tiene un gorro encarnado, un sable en la mano, y que hace grandes ademanes; detenedle y haced que lo registren, porque ha robado una cajita con diamantes.
—Perded cuidado, señor Maillard —contestó Pitou, llevando la mano a su sombrero.
—¡Ah!, ¿me conocéis, amigo mÃo? —preguntó el exportero.
—¡Ya lo creo que os conozco, señor Maillard! ¿No os acordáis que estuvimos juntos en la toma de la Bastilla?
—¡Será posible!
—También estuvimos juntos en Versalles el cinco y seis de octubre.
—En efecto, allà estuve.
—¡Ya lo creo! Como que tuvisteis una querella en la puerta de las TullerÃas con un conserje que no querÃa dejaros pasar.
—Entonces haréis lo que os digo, ¿no es verdad?
—Eso y otra cosa, señor Maillard; lo que me digáis. ¡Ah!, ¡sois un buen patriota!
—Me jacto de ello, y por eso no quiero ni debemos permitir que se deshonre el nombre a que tenemos derecho. ¡Atención!, aquà está nuestro hombre.