La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Desgraciadamente para el señor de Beausire, se hallaba en las Tullerías, al mismo tiempo que él, un hombre que no gritaba, que no miraba debajo de las camas ni abría los armarios, pero que habiendo entrado en medio del fuego, sin estar armado, con los vencedores, sin haber vencido, se paseaba, cruzadas las manos a la espalda, como habría hecho en un jardín público un día de cualquier fiesta, con su frac negro, raído, pero aseado, contentándose con alzar de vez en cuando la voz y decir:
—No olvidéis, ciudadanos, que no se mata a las mujeres ni se toca a las joyas.
En cuanto a los que se contentaban con matar hombres y arrojar muebles por las ventanas, no creía tener derecho para decirles nada.
En el momento conoció que Beausire no era de esta clase.
Así, a eso de las nueve y media, Pitou, a quien, como sabemos, se había confiado, a título de honor, la guardia del vestíbulo del Reloj, vio bajar la escalera a un gigante de aspecto lúgubre que, dirigiéndose a él con atención, pero con firmeza, y como si hubiese recibido la misión de poner orden en el desorden y justicia en la venganza, le dijo: