La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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No eran las opiniones patrióticas del señor de Beausire las que le conducían al palacio de los reyes, bien para llorar en él la caída de la monarquía, bien para aplaudir el triunfo del pueblo, no; el señor de Beausire iba allí como aficionado, sobreponiéndose a todas esas debilidades humanas que se llaman opiniones, y llevando un solo objeto: ver si a los que acababan de perder un trono, no se les habría extraviado al mismo tiempo alguna alhaja más manuable y menos expuesta a ser derrocada.

Mas para salvar las apariencias, el antiguo exento se había encasquetado un gorro colorado, armándose de un enorme sable, echado algunas manchas de sangre sobre su camisa, y mojado las manos en la del primer muerto que encontró; de manera que aquel lobo, siguiendo al ejército conquistador, aquel buitre cerniéndose después del combate sobre el campo de batalla, podía a primera vista ser tomado por un vencedor.

Por tal le consideraron, en efecto, la mayor parte de los que le oyeron gritar: «¡Mueran los aristócratas!», y le vieron mirar debajo de las camas, abrir los armarios y escudriñar hasta los cajones de las cómodas, para ver indudablemente si en ellos se había escondido algún aristócrata.


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