La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Gritar «¡Viva el rey!», cuando este era reconocido como traidor y estaba prisionero en el Temple; gritar «¡Vivan los prusianos!», cuando estos acababan de tomar Longwy y se hallaban tan sólo a sesenta leguas de París; gritar «¡Muera la nación!», cuando esta se hallaba en su lecho de agonía, era un crimen espantoso que merecía el mayor castigo.
Por esto el jurado acordó que el culpable, no solamente sufriera la pena capital, sino que, para que su muerte fuera más vergonzosa, se sustituyera la horca a la guillotina, por derogación a la ley, y se le colocase en el sitio mismo donde había cometido el crimen.
En su consecuencia, en el cadalso mismo donde estaba la picota, el verdugo recibió orden de levantar la horca.
La vista de aquel trabajo y la certidumbre de que el prisionero, con guardias de vista, no podía escapar, calmaron del todo a la multitud.
He aquí el asunto que, como dijimos al fin de uno de los capítulos anteriores, preocupaba a la Asamblea.
El día siguiente era domingo, circunstancia agravante, y la Asamblea comprendió que todo conducía a la matanza. La municipalidad quería mantenerse en su puesto a toda costa, y para conseguir esto, el terror era uno de los medios más seguros.
La Asamblea retrocedió ante el acuerdo adoptado la víspera, y retiró su decreto.