La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Saint Just, a quien vimos la noche en que fueron recibidos los tres nuevos masones en la logia de la calle de Plâtrière.
Saint Just, con su tez descolorida y dudosa, demasiado blanca para un hombre, demasiado pálida para una mujer, con su corbata enormemente almidonada; discípulo del maestro glacial, seco y duro; más duro, más seco y más glacial que su maestro.
Para el maestro, al fin, hay algunas emociones en esas luchas políticas en que el hombre combate con el hombre y la pasión con la pasión.
Para el discípulo, lo que pasa es una simple partida de ajedrez en grande escala; sólo que la puesta es la vida.
Los que jugáis con él, tened cuidado no os gane, porque será inflexible y no hará gracia al poco afortunado.
Robespierre tenía sin duda sus razones para no retirarse aquella noche a su cuarto en casa de los Duplay, pues a estos les anuncio por la mañana que probablemente pasaría el día en el campo.
La reducida habitación amueblada que ocupaba Saint Just, joven que podríamos llamar niño, desconocido aún, le parecía más segura acaso que la suya para esta terrible noche del 2 al 3 de septiembre.
Ambos entraron en ella a eso de las once.