La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Excusado es preguntar de qué hablaban esos dos hombres. Hablaban del degüello; con la sola diferencia que el uno hablaba de él con la sensibilidad de un filósofo de la escuela de Rousseau, y el otro con la sequedad de un matemático de la escuela de Condillac.

Robespierre, como el cocodrilo de la fábula, lloraba en ocasiones por los mismos a quienes condenaba.

Al entrar en su cuarto, Saint Just puso su sombrero sobre una silla, desanudó su corbata y se quitó el frac.

—¿Qué haces? —le preguntó Robespierre.

Saint Just le miró con tal expresión de extrañeza, que Robespierre repitió:

—Te pregunto qué haces.

—¡Me acuesto, pardiez! —contestó el joven niño.

—Y ¿para qué te acuestas?

—Para hacer lo que se hace en la cama, dormir.

—¡Cómo! —exclamó Robespierre—, ¿piensas dormir en una noche como esta?

—Y ¿por qué no?

—¿Cuando millares de víctimas caen o van a caer; cuando esta noche será la última para tantos hombres que respiran aún en este momento, y habrán dejado de vivir al salir el sol, piensas en dormir?

Saint Just se detuvo un instante pensativo.


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