La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Luego, como si en aquel cortÃsimo silencio hubiese hallado en su corazón una convicción nueva, dijo:
—SÃ, es cierto, lo sé; pero también sé que ese es un mal necesario, puesto que tú mismo lo has autorizado. Supón una fiebre amarilla, una peste, un temblor de tierra; de cualquiera de esas cosas morirán tantos, si no más que van a morir, y no resultará bien alguno a la sociedad; mientras que de la muerte de nuestros enemigos resulta una seguridad para nosotros. Te aconsejo, pues, que te marches a tu casa, te acuestes como yo me acuesto, y procures dormir como yo dormiré.
Y el impasible, el frÃo polÃtico, se metió en la cama.
—Adiós, hasta mañana —añadió.
Y quedó dormido.
Su sueño fue tan largo, tan tranquilo, tan pacÃfico como si nada extraordinario ocurriera entonces en ParÃs; se habÃa dormido a las once y media de la noche, y despertó a las seis de la mañana.
Al abrir sus ojos, como una sombra colocada entre la luz y él, volvióse hacia la ventana y reconoció a Robespierre.
Creyó que su maestro, ausente desde la noche, estaba ya de vuelta.
—¿Qué te trae tan de mañana por aqu�
—Nada —dijo Robespierre—, no me he marchado.
—¡Cómo!, ¿no te has marchado?