La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No.
—¿No te has acostado?
—No.
—¿Ni has dormido?
—Tampoco.
—Pues ¿dónde has pasado la noche?
—Ahà en pie, con la frente apoyada en los cristales, escuchando el ruido de la calle.
El diputado de Arras no mentÃa; sin dudas, sin temor, sin remordimientos, no habÃa dormido ni un segundo.
En cuanto a Saint Just, el sueño le habÃa concedido sus favores aquella noche con igual munificencia que en todas las demás.
Del otro lado del Sena, en el patio mismo de la AbadÃa, un hombre pasó la noche tan despierto como Robespierre.
Este, apoyado en el ángulo de la última puerta contigua al patio, y casi perdido en la penumbra de la inmensa sala.
He aquà el aspecto que presentaba el interior de esa sala, convertida en tribunal.
En derredor de una vasta mesa cargada de sables, espadas y pistolas, alumbradas por dos lámparas de cobre, cuya luz era necesaria aun en medio del dÃa, se hallaban sentados doce hombres.