La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Al ver al venerable anciano de cabello blanco, de ojos brillantes y hermosa cabeza, Gilberto, separándose de la pared, hizo un ademán para salir a su encuentro, ademán que Maillard notó. Cazotte se adelantaba apoyado en su hija; mas al entrar esta comprendió que se hallaba delante de jueces.

Entonces, separándose de su padre, y con las manos unidas, suplicó al tribunal de sangre con tan dulces palabras, que los asesores de Maillard comenzaron a vacilar; la pobre niña observó que, a pesar de su rudeza, aquellos hombres tenían corazón; pero que era preciso bajar hasta los abismos para encontrarle, y por lo tanto se arrodilló con la cabeza inclinada y la compasión por guía. Aquellos hombres que no sabían lo que eran lágrimas lloraron, y Maillard se pasó por los ojos secos el dorso de la mano, ojos que hacía veinte horas contemplaban la matanza sin haberse cansado ni una sola vez.

Y extendiendo el brazo sobre la cabeza de Cazotte, exclamó:

—¡Que le dejen libre!

La joven no sabía qué pensar.

—Nada temáis, señorita —dijo Gilberto.

Dos de los jueces se levantaron para acompañar a Cazotte hasta la calle, temiéndose que un fatal error entregase a la muerte aquella víctima que se le acababa de arrebatar.

Cazotte estaba salvado, al menos por esta, vez.


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