La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Las horas transcurrieron y se siguió asesinando.
Se habían llevado al tribunal bancos para los espectadores, pues las mujeres y los hijos de los asesinos tenían derecho para asistir al espectáculo; y por otra parte, como actores de conciencia, no era bastante para aquella gente que se la pagase, querían ser aplaudidos.
A eso de las cinco se llamó al señor de Sombreuil.
Este era, como Cazotte, un realista bien conocido, tanto más imposible de salvar cuanto se recordaba que, siendo gobernador de los Inválidos, el 14 de julio, había hecho fuego sobre el pueblo. Sus hijos estaban en el extranjero, sirviendo en el ejército enemigo, y uno de ellos se había conducido tan valerosamente en el sitio de Longwy, que fue condecorado por el rey de Prusia.
El señor de Sombreuil se presentó noble también y resignado, llevando erguida la cabeza de cabellos blancos, que pendían en bucles sobre su uniforme, e igualmente se apoyaba en su hija.
Esta vez Maillard no se atrevió a mandar que se pusiera en libertad al prisionero, mas haciendo un esfuerzo dijo:
—Inocente o culpable, creo que sería indigno del pueblo mancharse las manos en la sangre de ese anciano.