La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La señorita de Sombreuil al oÃr aquella noble frase, que tendrá su peso en la balanza divina, cogió a su padre de la mano y condújole por la puerta de la vida gritando:
—¡Salvado, salvado!
Ningún juez habÃa dicho la menor cosa, ni para condenar ni para absolver.
Dos o tres de los asesinos pasaron la cabeza por la puerta del postigo, para preguntar qué se debÃa hacer.
El tribunal guardó silencio.
Solamente un individuo contestó:
—Haced lo que os parezca.
—Pues bien —exclamaron los asesinos—, que la joven beba a la salud de la nación.
Entonces fue cuando un hombre, enrojecido de sangre, con los brazos desnudos y el rostro feroz, presentó a la señorita de Sombreuil un vaso, según unos de sangre, y según otros de vino.
La señorita de Sombreuil gritó: «¡Viva la nación!», humedeció sus labios en el licor, cualquiera que fuese, y el señor de Sombreuil se salvó.
Transcurrieron dos horas más, y después la voz de Maillard, tan impasible al evocar los vivos como lo era la de Minos al evocar los muertos, pronunció estas palabras: