La Condesa de Charny

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—Bien, os lo agradezco. Me valdré del ayuda de cámara de mi hijo, y si aún este me rehúsa el consejo, me serviré yo mismo.

Y con un ligero movimiento de cabeza, dijo:

—Estoy resuelto a ello.

—¿Tenéis que hacer alguna reclamación? —preguntó Manuel.

—Nos falta ropa blanca —dijo el rey—, y para nosotros es grande privación. ¿Creéis que se puede alcanzar del ayuntamiento el que se nos suministre según nos vaya haciendo falta?

—Daré cuenta al consejo —contestó Manuel.

Luego, viendo que el rey no le preguntaba ninguna noticia de fuera, se retiró.

A la una, manifestó el rey deseo de pasearse.

Durante los paseos se apercibían siempre ciertas señas de simpatía hechas desde alguna ventana, buhardilla o terrado que daban sobre el jardín, tal vez detrás de una persiana; en tales circunstancias, este era un consuelo.

Sin embargo, los municipales se negaron a dejar que bajase la familia real.

Se puso esta a la mesa a las dos.

Cuando estaban en la mitad de la comida se oyó ruido de tambores, y una gritería que aumentaba extraordinariamente se aproximaba más y más al Temple.


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