La Condesa de Charny

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Todos los rostros manifestaban visiblemente un gran desasosiego. Como ya tenemos dicho, Manuel no era hombre sanguinario, y había un partido moderado aún en el ayuntamiento mismo.

—¿Qué piensa el rey de la prisión de su ayuda de cámara[59]? —preguntó Manuel.

—Su Majestad está muy inquieto —contestó Clery.

—Nada le sucederá —repuso Manuel—; sin embargo, tengo encargo de decir al rey que no volverá más, y qué el consejo le reemplazará. Podéis anunciar esta medida al rey.

—Yo no tengo misión de hacerlo, señor Manuel —contestó Clery—; tened la bondad de dispensarme de anunciar a mi amo una noticia que de cierto le será penosa.

Manuel reflexionó un instante.

—Bien —repuso—, yo bajaré al cuarto de la reina.

En efecto, bajó y encontró al rey.

El rey escuchó, don su acostumbrado sosiego, la noticia que tenía que darle el procurador del ayuntamiento; luego, con el rostro impasible que había tenido el 20 de junio y el 10 de agosto, y que había de tener en el cadalso, dijo:


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