La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Se la aborrecía en extremo y se la llamaba la consejera de la austríaca. Era, sí, su confidente, su fiel amiga, y algo más tal vez, según rumores vagos, pero falsos; mas su consejera, nunca. La tierna y linda hija de Saboya, con sus bellísimos labios, graciosa boca y sonrisa más graciosa aún, era capaz de amar, y lo probó; pero aconsejar a una señora varonil, constante, tenaz y altiva, cual era la reina, jamás, lo repetimos.
La reina la había amado como a la señora de Guemenée y a las de Marsan y de Polignac, aturdidamente, de una manera irregular e inconstante en todos sus sentimientos, y tal vez la había hecho sufrir tanto, en su calidad de amiga, como hizo sufrir a Charny en su condición de amante; sólo que este último se había cansado, como hemos visto, mientras que la amiga, por el contrario, se mantuvo fiel. Los dos perecieron por aquella a quien amaron. Se tendrá todavía presente aquella tertulia que hemos bosquejado en el pabellón de Flora. Madame de Lamballe recibía en su aposento, y la reina veía en él a los que no podía recibir en el suyo: Suleau y Barnave en las Tullerías, Mirabeau en Saint-Cloud.
El 1 de agosto, Lamballe estaba aún en Inglaterra; podía continuar allí y prometerse larga vida. La tierna y compasiva criatura, sabiendo que estaban amenazadas las Tullerías, regresó inmediatamente, pidiendo su plaza cerca de la reina.