La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Conducida desde luego al Temple con esta, el 10 de agosto fue trasladada a la Fuerza.
Allí conoció muy bien que el peso era superior a sus fuerzas; habría querido morir al lado de la reina, a su vista le hubiera parecido dulce la muerte. Pero lejos de ella no se sentía ya con fuerzas para morir; no era una mujer del temple de Andrea, estaba enferma de terror.
La delicada criatura no ignoraba todos los odios alzados contra ella. Encerrada en uno de los cuartos altos de la prisión con madame de Navarre, había visto en la noche del 2 al 3, salir a madame de Tourzel; era como si le dijeran: «Te quedas para morir».
Así es que, acostada en su cama, escondiéndose bajo sus sábanas al menor grito que oía, cual un niño que tiene miedo, se desmayaba a cada momento, y recobrando el sentido decía:
—¡Ah, Dios mío, había creído morir!
Y después añadía:
—¡Si se pudiera morir como desmayarse, no sería difícil ni doloroso!
Los asesinatos se cometían por todas partes: en el patio, en la puerta, aun en los cuartos bajos; los gritos subían hasta ella por bocanadas, y le llegaba el olor de la sangre como un vapor.
A las ocho de la mañana se abrió la puerta.