La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Tal fue su terror por esta vez, que no se desmayó ni se tapó con sus sábanas.
Volvió la cabeza y vio dos guardias nacionales.
—Vamos, levantaos —dijo brutalmente uno de ellos a la princesa—; es menester ir a la AbadÃa.
—¡Oh!, señores, me es imposible dejar la cama; estoy tan débil que no podrÃa andar.
Luego, con voz casi ininteligible, añadió:
—Si es para matarme, lo mismo podéis hacerlo aquà que en otra parte.
Uno de aquellos hombres, hablándole al oÃdo mientras el otro espiaba en la puerta, le dijo en voz baja:
—Obedeced, señora; venimos a salvaros.
—Entonces retiraos para que me vista.
Los guardias se retiraron, y madame de Navarre la ayudó a vestirse, o mejor dicho, la vistió ella sola.
Vestida ya, a los dos minutos entraron los dos hombres.
La princesa estaba pronta; sólo que no podÃa andar, la pobrecilla tenÃa un temblor general. Entonces tomó el brazo del guardia nacional que le habÃa hablado, y sostenida asà bajó la escalera.
Llegada al pie se encontró de repente ante el tribunal de sangre. Hemos dicho que lo presidÃa Hebert.