La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A la vista de aquellos hombres remangados hasta más arriba del codo, que se habÃan erigido en jueces, a la vista de las manos bañadas de sangre, la princesa perdió el conocimiento.
Preguntada tres veces, se desmayó otras tantas sin poder contestar.
—Ya se os ha dicho que queremos salvaros —le dijo al oÃdo, y con el mayor disimulo, el que ya le habÃa hablado.
Esta promesa le dio alguna fuerza a la desgraciada.
—¿Qué queréis de mÃ, señores? —dijo.
—¿Quién sois? —preguntó Hebert.
—MarÃa Luisa de Saboya, princesa de Lamballe.
—¿Vuestra calidad?
—Dama mayor de la reina.
—¿Tenéis conocimiento de las tramas de la corte en el 10 de agosto?
—Yo no sé si habÃa maquinaciones en ese dÃa; si es que pudo haberlas, nada sé de ellas.
—Jurad la libertad, la igualdad, odio al rey, a la reina y al trono.
—JurarÃa fácilmente las dos primeras; pero no lo demás, porque no está en mi corazón.
—Jurad —dijo en voz baja el guardia nacional—, o sois muerta.