La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Los Jacobinos aborrecían y despreciaban también a Dumouriez; pero comprendían que la primera ambición de aquel hombre era la gloria, y que vencería o se dejaría matar. Robespierre, no atreviéndose a sostenerle, a causa de su mala fama, encargó a Coulthon que le apoyase.

Danton no odiaba ni despreciaba a Dumouriez; era uno de esos hombres de temperamento vigoroso, que juzgan las cosas desde la altura y que se cuidan poco de las reputaciones, porque están dispuestos a utilizar los vicios mismos si pueden obtener de ellos los resultados que esperan. Sin embargo, solamente Danton, sabiendo el partido que se podía sacar de Dumouriez, desconfiaba de su estabilidad, y le envió dos hombres: uno era Fabre d’Eglantine, es decir, su pensamiento, y el otro Westermann, su brazo.

Se pusieron todas las fuerzas de Francia en las manos de aquel a quien se llamaba un intrigante. El viejo Luckner, soldadote alemán, que había demostrado su incapacidad al comenzar la campaña, fue enviado a Châlons para reclutar gente; Dillon, valeroso soldado, general distinguido, superior a Dumouriez en la jerarquía militar, recibió orden de obedecerle; y Kellermann debió ponerse también bajo las órdenes de aquel hombre, a quien Francia, desesperada, devolvía de pronto su espada, diciéndole: «¡No conozco más hombre que tú capaz de defenderme; defiéndeme!».


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