La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El consejo de defensa, compuesto de los individuos del Ayuntamiento y de los principales habitantes de la ciudad, le ordenó que se rindiese.
Beaurepaire sonrió desdeñosamente.
—He jurado morir antes de rendirme —dijo—; sobrevivid a vuestra vergüenza y deshonra si lo queréis asÃ; pero yo seré fiel a mi juramento; esta es mi última palabra, y muero.
Y se disparó un pistoletazo.
¡Aquel espectro era tan grande como el gigante Adamastor, y más terrible aún!
Por otra parte, los soberanos aliados que, fiándose de cuanto decÃan los emigrados, creÃan que Francia volarÃa a su encuentro, veÃan otra cosa diferente.
VeÃan aquella tierra de Francia, tan fecunda y poblada, convertida de pronto, como al golpe de la varilla de un mágico, en campos estériles, de donde las simientes habÃan desaparecido como si una tromba se las hubiese llevado todas hacia el oeste.
Solamente el campesino armado se mantenÃa de pie en su surco; los que tenÃan fusiles los habÃan cogido; los que solamente tenÃan hoces las tomaron para defenderse, y los que no tenÃan más que horquillas se sirvieron de ellas.