La Condesa de Charny

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Después, poniendo su sombrero en la punta de su sable, añadió:

—¡Viva la nación! ¡Vamos a vencer por ella!

En el mismo instante, todo su ejército imita el ejemplo, cada soldado pone su sombrero en la punta de la bayoneta y grita: «¡Viva la nación!». La niebla desaparece, el humo se disipa, y Brunswick vio con su anteojo un espectáculo extraño, extraordinario, inusitado, treinta mil franceses inmóviles, con las cabezas descubiertas, agitando sus armas y respondiendo al fuego de sus enemigos tan sólo con el grito de «¡Viva la nación!».

Brunswick movió la cabeza; si hubiese estado solo, el ejército prusiano no hubiera dado un paso más; pero el rey se hallaba allí, quería la batalla, y fue preciso obedecer.

Los prusianos subieron, firmes y sombríos, a la vista del rey y de Brunswick; franquearon el espacio que les separaba de sus enemigos con la firmeza de un antiguo ejército de Federico, y cada hombre parecía estar unido al que le precedía por anillo de hierro.

De improviso la inmensa serpiente pareció romperse por su centro; pero las partes separadas se reunieron al punto.

Cinco minutos después quedó cortada de nuevo, y otra vez se unió.


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