La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Después, junto a esos dos semblantes tan diferentes por su expresión, detrás de ellos y más elevado, aparecía, no un hombre —pues no es permitido al ser humano alcanzar semejante grado de fealdad—, sino un monstruo, una quimera, una visión siniestra y ridícula, Marat, con su rostro cobrizo inyectado de bilis y de sangre; sus ojos insolentes, su boca muy hendida, dispuesta para lanzar la injuria; su nariz retorcida, aspirando por sus fosas nasales ese soplo de popularidad que subía del arroyo; Marat, vestido como el más sucio de sus admiradores, con la cabeza ceñida de un pañuelo mugriento, con los zapatos clavateados y sin hebillas, a menudo sin cordones; con su pantalón de paño basto lleno de barro, con su camisa entreabierta sobre el flaco pecho, con su corbata negra llena de grasa y aceite, que permitía ver su repugnante cuello, cuyos músculos hacían inclinar la cabeza a la izquierda; con sus manos sucias y gruesas, siempre amenazadoras y mostrando el puño; todo este conjunto, tronco de gigante con piernas de enano, era hediondo de ver; y por eso el primer movimiento de quien le veía era volver la cabeza; pero sus ojos no se desviaban tan pronto que no leyeran en aquel conjunto: ¡2 de septiembre!, y entonces la mirada se fijaba con espanto en aquella otra cabeza de Medusa.




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