La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En primer lugar la fría e impasible figura de Robespierre, con su piel apergaminada adherida en su estrecha frente; con sus ojos guiñadores ocultos bajo sus gafas, y con las manos crispadas sobre las rodillas, a semejanza de esas figuras egipcias talladas en el más duro de todos los mármoles, en el pórfido; esfinge que parecía ser la única que conociese la clave de la Revolución, pero a quien nadie osaba preguntarlo.
Después de él distinguíase el rostro trastornado de Danton, con su boca torcida, sus facciones movibles, sublimes por su fealdad, y su cuerpo fabuloso, mitad de hombre, mitad de toro, simpático a pesar de esto, pues se adivinaba que lo que hacía estremecer aquellas carnes y surgir la lava eran los latidos de un corazón altamente patriótico. Sus grandes manos, obedientes siempre al primer movimiento, se extendían con la misma facilidad para herir a un enemigo en pie como para levantar al que estaba en tierra.