La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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A las nueve, el rey, que ignoraba el rigor de aquella decisión, solicitó ser conducido junto a su familia.

—No tenemos ninguna orden sobre este punto —dijeron los comisarios.

El rey insistió, pero no le contestaron y retiráronse.

El rey quedóse solo con Clery; el primero se sentó, y el segundo se apoyó contra la pared.

Media hora después entraron dos municipales acompañando a un mozo de café que llevaba al rey un pedazo de pan y una limonada.

—Señores —dijo el rey—, ¿no podría comer con mi familia?

—Pediremos órdenes a la municipalidad —contestó uno de ellos.

—Pero si a mí no se me permite bajar, mi mayordomo podrá hacerlo; él es quien cuida a mi hijo, y espero que nada se oponga a que continúe sirviéndole.

El rey hacía esta petición tan sencillamente y con tan poca animosidad, que aquellos hombres, admirados, no sabían qué responder; aquel tono, aquellos modales y aquella resignación dolorosa, tan diferentes de lo que esperaban, les hacían enmudecer.

Al fin se limitaron a contestar que nada podían hacer, y salieron.


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