La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La mañana misma del día en que ocurrían estos sucesos en el Temple, un hombre que vestía carmañola con gorro encarnado, y que se apoyaba en una muleta para facilitar su marcha, se presentó en el ministerio del Interior.
Aunque era fácil ver a Roland, este se veía obligado a tener portero en la antecámara, como si fuese ministro de una monarquía y no de una república.
El hombre de la muleta, de la carmañola y del gorro encarnado, se vio precisado a detenerse en la antecámara delante del portero que le cerraba el paso.
—¿Qué se os ofrece, ciudadano?
—Quiero hablar al ciudadano ministro —contestó el hombre de la carmañola.
Hacía quince días que el título de ciudadano y ciudadana habían substituido al de señor y señora.
Los porteros son siempre porteros, es decir, personajes en extremo impertinentes; hablamos de los porteros de ministerios y oficinas; si hablásemos de los de tribunales y estrados, los calificaríamos de otro modo.
El portero le contestó con tono protector.
—Amigo mío, es necesario que sepáis que al ciudadano ministro no se le puede hablar así como se quiera.
