La Condesa de Charny

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Deseaba mucho salir de su provincia, y fue a buscar a Camilo Desmoulins, el brillante periodista, que tenía en sus manos cerradas la reputación futura de los poetas desconocidos; Camilo, pillete sublime, joven de talento y desenvoltura, vio cierto día entrar en su casa a un escolar altanero, lleno de pretensiones, que con boca de mujer pronunciaba palabras lentas y mesuradas, una a una, como las gotas de agua helada que perforan la roca; tenía ojos azules de expresión dura, sobrepuestos de cejas negras casi unidas, y color muy blanco, más bien enfermizo que sano. Su permanencia en Reims podía muy bien haber comunicado al estudiante de derecho la enfermedad escrofulosa que los reyes tenían la pretensión de curar el día en que se les consagraba. La barba del joven se perdía en medio de una enorme corbata, estrechada alrededor del cuello, cuando todo el mundo la llevaba floja y flotante, como para que le fuera al verdugo más fácil retirarla; y por último, su busto era rígido, automático, ridículo como máquina rara de terrible espectro, y coronaba todo este conjunto una frente tan deprimida que los cabellos tocaban en los ojos.

Camilo Desmoulins, como hemos dicho, vio entrar cierto día en su casa tan extraña figura, que le fue soberanamente antipática.

El joven quiso leerle sus versos, y entre otros pensamientos sociales le dijo que el mundo estaba vacío desde los romanos.


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