La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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En casa de este joven entraba Robespierre en la noche del 2 de septiembre, y este joven fue quien durmió cuando Robespierre no podía cerrar los ojos; aquel joven era Saint-Just.

—Escucha, Sain-Just —le dijo cierto día Camilo Desmoulins—, ¿sabes lo que me dijo sobre ti Danton?

—No.

—Que llevas la cabeza alta como un santo sacramento.

Una ligera sonrisa entreabrió la boca femenina del joven.

—Bien —contestó—, yo le haré llevar la suya como un San Dionisio.

Y cumplió su palabra.

Saint-Just bajó lentamente de la cima de la montaña; subió poco a poco a la tribuna, y muy despacio pidió la muerte… no debemos decir pidió, la ordenó.

Discurso atroz fue el que pronunció aquel joven pálido de labios de mujer: que lo recoja quien quiera y que lo imprima quien pueda; nosotros no tenemos valor para hacerlo.

«No se necesita emplear mucho tiempo para juzgar al rey, es preciso matarle.

»Es preciso matarle, porque no hay leyes para juzgarle, puesto que él mismo las suprimió.


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