La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los municipales salieron y el rey pasó al comedor; el rey les siguió separando la mesa a un lado, y apartó las sillas hasta el fondo para dejar más espacio libre.
—Clery —dijo el rey— traed un poco de agua y un vaso por si acaso la reina tuviera sed.
Sobre la mesa se veÃa una de esas botellas de agua helada, que un individuo de la municipalidad habÃa censurado, y Clery no tuvo que traer sino un vaso.
—Clery —le dijo el rey— bastará el agua ordinaria, pues si la reina bebiese de la que está helada, como no tiene costumbre de hacer uso de ella, tal vez la perjudicase… Después, invitad al señor Firmont a no salir de mi gabinete, pues temerÃa que su vista produjera demasiada impresión en mi familia.
A las ocho y media, la puerta se abrió; la reina iba la primera llevando su hijo de la mano, y seguÃanla madame Royale y madame Isabel.
El rey alargó los brazos, y las dos mujeres y los niños se dejaron caer entre ellos llorando.
Clery salió y cerró la puerta.
Durante algunos minutos reinó un silencio lúgubre, interrumpido tan sólo por sollozos, y después la reina quiso llevarse al rey a su habitación.
—No —dijo Luis XVI reteniéndola—, no puedo veros más que aquÃ.