La Condesa de Charny

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Capítulo CLXXXI

En la noche de aquel terrible día, en tanto que los hombres de las picas recorrían las desiertas calles de París, más tristes en su soledad por estar iluminadas, llevando en las puntas de sus armas pedazos de pañuelos y camisas manchadas dé rojo, mientras que gritaban desaforadamente: «¡El tirano ha muerto, he aquí la sangre del tirano!», dos hombres se hallaban en el salón de una casa de la calle de San Honorato, ambos silenciosos, aunque en actitud bien diferente.

El uno, vestido de negro, estaba sentado delante de una mesa, con los codos apoyados en ella y el rostro oculto entre sus manos, ora sumido en una profunda meditación, ora entregado a un supremo dolor. El otro, en traje de campesino, se paseaba con precipitación, torva la mirada, ceñuda la frente, los brazos cruzados sobre el pecho; y cada vez que en su paseo cortaba diagonalmente el salón, dirigía a su compañero una mirada escrutadora.

¿Cuánto tiempo hacía que se hallaban así el uno frente al otro? No podríamos decirlo; mas al fin, el hombre vestido de campesino pareció cansarse de aquel silencio y se detuvo delante del otro vestido de negro, que estaba absorto en sus cavilaciones.

—¿Conque es decir, ciudadano Gilberto —exclamó fijando en él su mirada—, que yo soy un bandido porque he votado la muerte del rey?


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