La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El hombre vestido de negro levantó la cabeza, desarrugó su frente melancólica, y tendiendo la mano a su interlocutor le dijo:

—No, Billot, vos no sois un bandido, como yo no soy un aristócrata. Vos habéis votado según vuestra conciencia, y yo según la mía; pero yo he pedido la vida y vos la muerte; ¡es cosa tan terrible, Billot, arrancar a un hombre lo que ninguna fuerza humana puede devolverle!

—Así, en vuestro concepto —exclamó Billot— el despotismo es inviolable, la libertad es una rebelión, y no hay justicia aquí abajo más que para los reyes, es decir, para los tiranos. ¿No es así? ¿Qué les queda entonces a los pueblos? ¡El derecho de servir y obedecer! ¡Y sois vos, señor Gilberto, el discípulo de Juan Jacobo, el ciudadano de los Estados Unidos, quién dice eso!

—No digo eso, Billot, porque sería manifestar una cosa injusta contra los pueblos.

—Veamos —replico Billot—, os hablaré, señor Gilberto, con la brutalidad de mi buen sentido vulgar, y os permito que me contestéis con toda la finura de vuestro talento. ¿Admitís que una nación que se cree oprimida, tenga derecho para cambiar su iglesia, derribar y hasta suprimir su trono, combatir y declararse libre?

—Sin duda.


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