La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah!, no era muy afable conmigo, pero no importa —dijo Pitou— lo sentirĂa mucho… ÂżCĂłmo lo sabremos de cierto?
—¡Bah! —dijo otro vecino—, pues la cosa no es difĂcil, no hay más que ir a buscar a Rigolot, el cerrajero.
—Si es para que abra —dijo Pitou— es inĂştil; yo tenĂa la costumbre de abrirla con mi navaja.
—¡Pues ábrela, hijo mĂo! —dijo Farolet—, aquĂ estamos nosotros para declarar que no la has abierto con mala intenciĂłn.
Pitou sacĂł su navaja, se acercĂł a la puerta, rodeado de una docena de personas que la curiosidad habĂa atraĂdo, y con una destreza que probaba que se habĂa servido más de una vez de aquel medio para entrar en el domicilio de su juventud, hizo correr el pestillo.
La puerta se abriĂł.
El cuarto se hallaba en la más completa oscuridad.
A la triste y fĂşnebre claridad de una mañana de invierno, se vio a la tĂa AngĂ©lica tendida en su cama.
—¡TĂa AngĂ©lica, tĂa AngĂ©lica! —exclamĂł dos veces Pitou.
La solterona permaneciĂł muda e inmĂłvil.
Pitou se acercĂł y tocĂł su cuerpo.
—¡Oh! —dijo— está frĂa y rĂgida.
Abrieron la ventana.