La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La tÃa Angélica estaba muerta.
—¡Qué desgracia! —dijo Pitou.
—¡Bah!, no grande, hijo mÃo —contestó Farolet—, porque ella no te querÃa mucho.
—Es posible —replicó Pitou—, pero yo sà la querÃa.
Dos lágrimas rodaron por las mejillas del honrado joven.
—¡Ah! ¡Pobre tÃa Angélica! —exclamó.
Y cayó de rodillas al pie de la cama.
—¡En!, señor Pitou —dijo la madre Fagot—, si os hace falta algo, con franqueza no tenéis más que mandar. Pues somos vecinos o no.
—Gracias, madre Fagot. ¿Está ahà vuestro chico?
—Ahà está. ¡Eh, FagotÃn! —gritó la buena mujer.
Un chicuelo de catorce años se asomó a la puerta.
—Aquà estoy, madre.
—Decidle —continuó Pitou— que vaya corriendo a Haramont y diga a Catalina que no tenga cuidado, pero que he encontrado muerta a la tÃa Angélica. ¡Pobre tÃa!
Pitou enjugó de nuevo sus lágrimas.
—Y que por eso me detengo aquà —añadió.
—¿Lo oyes, FagotÃn? —dijo la madre Fagot.